Wild Wonder

Wild Wonder story

El Don Olvidadizo de Hazel

Cada otoño, Hazel la ardilla entierra cientos de bellotas por toda la Cañada de los Arces, y luego olvida dónde escondió bastantes de ellas. Acompáñala desde sus atareados días de otoño hasta una primavera llena de sorpresas.

Una ardilla gris de cola esponjosa cava un hoyito entre las hojas otoñales rojas y doradas caídas, sosteniendo una bellota entre sus patas delanteras, con altos robles al fondo.

Una ajetreada mañana de otoño

Hazel la ardilla correteaba por la Cañada de los Arces con las mejillas llenas de bellotas. Bajo las crujientes hojas doradas, cavaba un hoyito tras otro, escondiendo una bellota en cada uno. «Aquí mismo, junto a la roca cubierta de musgo», murmuraba mientras alisaba la tierra con las patitas. Al caer el sol ya había enterrado trescientas doce bellotas: de ese número estaba segurísima, aunque de casi todo lo demás no estaba segura de nada.

Una desconcertante tarde de invierno

Cuando llegó el invierno, Hazel desenterraba bellota tras bellota, guiándose por el olor de la tierra y la forma de las raíces que recordaba. Pero junto a un tocón de abedul todo torcido, se detuvo y se rascó la oreja. «¿Había una bellota aquí… o era allá?» Buscó y buscó, pero algunos escondites se le habían borrado por completo de la memoria, como un sueño que se desvanece al despertar.

Una pequeña sorpresa verde

La primavera derritió la nieve, y Hazel volvió dando saltitos hasta el tocón de abedul torcido para intentarlo una vez más. En lugar de una bellota, encontró algo que se enroscaba saliendo de la tierra: un diminuto brote verde, no más alto que su patita. «Esto no es una bellota», exclamó. «¡Es un árbol bebé!» Por toda la cañada, iban asomando más brotecitos, justo en los lugares que su memoria olvidadiza había pasado por alto.

La jardinera de la Cañada de los Arces

Los amigos de Hazel se reunieron para ver los nuevos brotes: Petirrojo el pájaro, Zarza la coneja, y hasta el viejo Roble, el árbol anciano, que agitó sus hojas entre risitas. «Cada bellota olvidada es un deseo que no sabías que habías pedido», le dijo el viejo Roble. «Y mira cuántos deseos están creciendo ahora.» Hazel infló el pecho, más orgullosa de su memoria olvidadiza que de cualquier memoria perfecta que pudiera haber tenido. Ya no era solo una ardilla que enterraba bellotas: era una jardinera, haciendo crecer todo un bosque, una bellota olvidada a la vez.